A treinta años del accidente que apagó su voz, el tango tropical que Gilda dejó como testamento
Miriam Alejandra Bianchi murió el 7 de septiembre de 1996 sobre la ruta 12, en Entre Ríos, a los 34 años. La canción que había grabado dos años antes, desahuciada por su propio productor y rescatada por radios de Bolivia y Perú, terminóConvertida en himno popular y en la llave con la que miles de argentinos abrieron, recién, la puerta de su historia.

Volví a escuchar No me arrepiento de este amor un lunes a la noche, en un boliche de Villa del Parque donde la pista estaba llena de parejas de mi edad que tarareaban la letra sin tener idea de que esa canción cumple treinta años de haber sido grabada en un estudio de Buenos Aires, a fuerza de un tecladista que tuvo que tapar la voz resfríada de una chica que estaba terminando de armarse una vida nueva. Esa escena, que se repite en boliches de todo el país, es la medida exacta del fenómeno que me propongo recorrer acá: el de una canción que recién se volvió masiva en la Argentina después de que su autora se hubiera muerto, y que hoy funciona, para muchísima gente, como la puerta de entrada al universo de Gilda.
La chica que dejó la jardín para subirse a un escenario
Miriam Alejandra Bianchi había nacido el 11 de octubre de 1961 en Buenos Aires, y durante un tiempo su mundo fue el de las salas de cuatro años, los plastilinas y las canciones para dormir: trabajaba como maestra jardinera antes de pegar el salto al circuito tropical. La movida arrancó cuando se anotó en una convocatoria para integrar una banda, y terminó implicando dejar la docencia, reorganizar la vida familiar y cambiar de nombre artístico. Esa Gilda que el público conoce, la de los vestuarios brillantes y la sonrisa enorme, nació justamente en ese punto de inflexión, en esa decisión que varias veces contó en entrevistas como un salto al vacío del que nunca se arrepintió.
Una canción con final abierto y productor en contra
No me arrepiento de este amor abre el disco Pasito a pasito con Gilda, editado en 1994, y por lo que contó el músico y productor Juan Carlos Toti Giménez, la canción fue compuesta íntegramente por ella y se la dedicó a él, aunque Gilda no quiso figurar como coautora pese a que trabajaban en colaboración habitual. La sesión de grabación, según el mismo relato, tuvo una perlita que define bien al personaje: el productor José El Cholo Olaya no estaba convencido de incluir el tema y, mientras él estaba en Perú, Gilda entró al estudio y lo registró igual. Ese día, además, estaba resfriada, y el arreglo de teclado se usó para reforzar la voz en uno de los pasajes, una especie de truco de emergencia que terminó formando parte del groove que hoy todos reconocemos apenas suenan los primeros acordes.
El recorrido que recién empezó después de la tragedia
Porque la historia de la canción es también la historia de un país al que le costó escucharla en vida. La primera recepción fuerte de No me arrepiento de este amor llegó del otro lado de la frontera, desde Bolivia y Perú, donde Gilda hizo presentaciones y pasó por programas de televisión que la tomaron como propia. En la Argentina el reconocimiento masivo vino después del 7 de septiembre de 1996, cuando el vehículo en el que viajaba chocó sobre la ruta nacional 12, en Entre Ríos, y ella murió a los 34 años. Entre 1997 y 1998 el disco volvió a circular, la canción se metió en radios, en programas de televisión y en pistas de baile, y se terminó de fijar como una de las composiciones más identificadas del cancionero popular. En 1998, además, la banda Attaque 77 publicó su propia versión, que amplió el público del tema mucho más allá del circuito tropical y confirmó que la canción había dejado de ser un género para convertirse en un clásico nacional.
Devoción, una biopic y una frase que la define
Con los años, la figura de Gilda fue quedando rodeada de una devoción que no distingue clases sociales ni generaciones, y que llega hasta la idea de milagros atribuidos a su intercesión. En 2016 se estrenó la película que llevó el nombre de la canción como título, con Natalia Oreiro como protagonista, que la describió como una mujer que tuvo que luchar contra muchos prejuicios sociales, culturales y familiares. La frase le quedó como anillo al dedo, porque resume de manera bastante justa lo que se ve en los archivos, en las fotos y en los testimonios que sobreviven: una chica de barrio que tomó una decisión adulta en un ambiente difícil y la sostuvo hasta el final.
A treinta años de su muerte, lo que más me sigue llamando la atención, y confieso que me cuesta explicarlo con distancia de periodista, es que la canción que mejor cuenta su historia recién fue escuchada por la mayoría de los argentinos cuando ella ya no estaba. No me arrepiento de este amor funciona entonces como una especie de testamento póstumo, un documento sentimental de una mujer que estaba terminando de reinventarse y que dejó, sin saberlo, la llave con la que varias generaciones iban a entrar a conocerla. Por eso, si nunca la vieron en vivo o si la escucharon de chicos sin saber quién era, vale la pena sentarse un rato con el disco, leer la letra y entender que detrás de un hit eterno hubo una maestra jardinera que se animó a cambiar de vida y que pagó muy caro el haberlo hecho.
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