Dinosaurios en la vereda: Abrams defiende la apuesta intimista de El final de Oak Street frente al monstruo de Parque Jurásico
El productor reconoce que la película no pudo competir en taquilla con la franquicia de Universal y apuesta a que la vida suburbana como escenario termine de conquistar al público en el largo plazo.

A veces uno entra a una sala de cine y lo primero que le llega es un sonido: el rumor de un barrio tranquilo, el motor de un autobús escolar frenando en la esquina, el tintineo lejano de una furgoneta de helados. Después aparece el silencio, y con él, la sombra de un dinosaurio cruzando el patio de una casa con pileta de lona. Eso, ni más ni menos, es lo que propone El final de Oak Street, la película de ciencia ficción que David Robert Mitchell dirigió y J.J. Abrams produjo desde su querida Bad Robot, y que acaba de cerrar su paso por las salas con números que dejaron gusto a poco.
La cuenta no miente y conviene repasarla en voz alta: el presupuesto estimado fue de 80 millones de dólares y la recaudación mundial alcanzó los 89 millones. Para cualquier blockbuster veraniego, el resultado sabe a derrota. Pero Abrams, lejos de tirar la toalla, salió a marcar la diferencia entre su película y la franquicia que inevitablemente le pusieron como espejo. Parque Jurásico, Jurassic World y todas sus hermanas mayores siempre tuvieron como telón de fondo islas lejanas, selvas exuberantes y parques temáticos donde la aventura viajaba en helicóptero. Oak Street, en cambio, eligió la otra vereda: la de las casas con cerco de madera, los columpios y los colectivos amarillos.
La palabra de Abrams: lo suburbano como motor
“Me encantan las películas de Jurassic tanto como a cualquiera, pero esas películas, en su mayor parte, se desarrollan en esas hermosas selvas, en esas islas lejanas. El enfoque de David aquí consistía precisamente en la yuxtaposición de la vida familiar suburbana, absolutamente cotidiana (columpios y furgonetas de helados, piscinas elevadas y autobuses escolares) con los dinosaurios.”J.J. Abrams
Esa idea de contraste, la yuxtaposición entre lo más doméstico y lo más salvaje, es para Abrams el corazón del film y la razón por la que, según su mirada, no debería medirse con la misma vara que la saga jurásica. El productor además insistió con que el público está hambriento de historias nuevas y originales, y que el atractivo innegable del proyecto es justamente ver a un tiranosaurio asomarse entre los arbustos de un jardín frontal mientras un vecino corta el pasto sin enterarse de nada. También se tomó un momento para defender el tono de los avances: quienes se hayan emocionado con los tráilers, dijo, van a encontrar en la sala la película que se les prometió.
Yo confieso que salí de la sala con una sensación extraña, de esas que tardan en acomodarse: por un lado, la película cumple con lo que ofrece y tiene momentos de una belleza muy concreta, casi hogareña, como cuando la luz de la tarde baña una calle sin árboles y de pronto la cámara se eleva y aparece la silueta de un dinosaurio recortada contra el cielo. Por el otro, uno se queda pensando si esa intimidad es suficiente como para romper la costumbre del público de buscar épica cuando paga una entrada de cine en pleno verano. Abrams apuesta a que sí. Habrá que ver si los próximos meses, cuando la película encuentre su público en las plataformas, le terminan dando la razón.
Mientras tanto, la pregunta queda dando vueltas en la butaca como un paquete de pochoclos vacío: en un mercado saturado de criaturas gigantes, ¿puede una ambientación más cercana y familiar diferenciar a una película por sí sola, o el espectador siempre va a preferir la escala enorme de los escenarios que ya conoce? Si llegaron a ver Oak Street en el cine, me gustaría saber qué los convenció. Y si todavía no la vieron, ¿qué les habría hecho falta para animarse?
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