Aquella vez que el Himalaya se cruzó en la vida de un hombre que creía tenerlo todo
Repaso de "Siete años en el Tíbet", la película de Jean-Jacques Annaud que une escalada, cautiverio y el encuentro improbable entre Brad Pitt como Heinrich Harrer y un joven Dalai Lama. Además, el conflicto geopolítico que la película desató fuera de la pantalla.

Aroma a tierra húmeda y a leña ardiendo, ese que uno se imagina respirando cuando piensa en un monasterio perdido entre montañas. Eso es lo primero que se me cruza cada vez que alguien me pregunta por "Siete años en el Tíbet", la película de Jean-Jacques Annaud que aquí llegó con Brad Pitt como protagonista absoluto, y que sigue siendo, a casi tres décadas de su estreno, una de esas historias que no se agotan en una sola mirada. La propuesta combina lo mejor de dos mundos que rara vez conviven en la misma pantalla: por un lado, la aventura pura y dura de una expedición al Himalaya; por el otro, el recorrido íntimo de un hombre que termina siendo mucho más que el alpinista que arrancó la película. Y ojo, porque lo que se ve en pantalla es apenas una parte de la historia: la película también desató un conflicto diplomático de aquellos, con China prohibiendo los estrenos de Sony y vetando el ingreso del propio Pitt y del mismísimo director.
De Austria al techo del mundo, con la guerra como obstáculo
La historia arranca en 1939, un año que a nadie le sonríe en esta parte del siglo XX. Heinrich Harrer, el personaje que Pitt encarna con esa mezcla de soberbia y fragilidad que se le da tan bien, es un alpinista de élite que decide separarse de su esposa, que está esperando un hijo, para sumarse a una expedición al Himalaya. Es el retrato de un hombre para quien la montaña vale más que cualquier otra cosa, algo que el espectador intuye desde los primeros minutos y que, créanme, va a quedar hecho pedazos antes de que termine el metraje. Lo que nadie había calculado es que el inicio de la Segunda Guerra Mundial le iba a arruinar los planes: Harrer termina prisionero, la expedición deja de ser su horizonte y la aventura se vuelve, en buena medida, una cuestión de supervivencia y de paciencia.
Años después, cuando consigue escapar, el personaje emprende un recorrido que lo lleva hasta el lugar donde vive el Dalai Lama. Ahí se produce el segundo giro fundamental de la película, ese momento en que el relato deja de ser una crónica de aventuras para transformarse en otra cosa: la historia de una amistad improbable entre un europeo descreído y un muchachito que carga con el peso de un pueblo entero sobre los hombros. Es esa relación la que ocupa el lugar central en el film, mucho más que las proezas físicas, y la que explica, en buena medida, la transformación personal del protagonista.
- La expedición al Himalaya como punto de partida y motor de la transformación personal del protagonista.
- El cautiverio durante la Segunda Guerra Mundial como punto de inflexión del relato.
- La fuga y el recorrido hasta el lugar donde vive el Dalai Lama, que cambia el eje de la narración.
- La amistad entre Harrer y el Dalai Lama como corazón del film, por encima incluso de las escenas de montaña.
- El contexto político del Tíbet a las puertas de la invasión china, que le da espesor histórico a la historia.
- El conflicto diplomático posterior al estreno, con la prohibición china a Sony y los vetos a Pitt y Annaud.
La geopolítica también se proyecta en la pantalla grande
Ahora bien, sería injusto quedarse únicamente con lo que pasa dentro de la ficción. La película narra la preparación china para invadir el Tíbet, y esa elección no le salió gratis a sus responsables. En 1997, las autoridades chinas decidieron bloquear los estrenos de Sony en su territorio, una medida que se mantuvo a lo largo de todo ese año. Para colmo, tanto Brad Pitt como Jean-Jacques Annaud quedaron con prohibiciones de ingreso que, en un primer momento, se anunciaron como de por vida. La situación, sin embargo, fue cambiando con el correr de los años: Annaud pudo entrar al país en 2012, donde incluso llegó a filmar "El último lobo", y Pitt logró hacerlo en 2014. Detalles que a veces se pierden en la conversación, pero que ayudan a entender por qué esta película sigue teniendo una densidad que excede lo estrictamente cinematográfico.
Yo confieso que la primera vez que vi "Siete años en el Tíbet" me quedé pensando varios días en la famosa frase que le adjudican al Dalai Lama y que bien podría resumir el espíritu del film: "Si quieres que los demás sean felices, practica la compasión". No sé si la dijo exactamente así, ni si la pronunció en esa escena puntual, pero lo que sí recuerdo es la sensación de estar viendo a un tipo que llegó al Himalaya pensando que la montaña era el techo del mundo y terminó descubriendo que el verdadero techo estaba mucho más abajo, en una charla con un niño. Esa es, para mí, la verdadera proeza de la película de Annaud: convertir una historia de aventura en una historia de aprendizaje, sin que el espectador sienta el golpe. Si tienen que elegir entre el vértigo de las escenas en la montaña y la intimidad de la relación entre Harrer y el Dalai Lama, váyanse con la segunda. Es ahí donde late, todavía, el corazón del film.
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