"Boiúna": cuando la serpiente gigante se toma el terror en serio y el público se lo agradece
La película brasileña de bajo presupuesto se aleja del guiño cómplice habitual en el subgénero, construye tensión con paciencia y reserva a su criatura mítica para los momentos justos. Una serie B que cumple lo que promete y, de yapa, sorprende.

El primer sonido que recuerdo de la sala fue un zumbido grave, casi un motor lejano, como si el proyector mismo estuviera respirando dentro de la Amazonia. Después vino el olor a humedad, ese que parece meterse en la ropa aunque una esté sentada en una butaca de un cine del centro. Y recién entonces, cuando ya me había dejado envolver por esa atmósfera de Selva espesa, entendí que "Boiúna: La leyenda del Amazonas" no tenía la menor intención de hacerme un guiño cómplice a cámara. La película argentina de reciente estreno -aunque de producción brasileña- se toma el terror en serio, y eso, créanme, en el subgénero de las serpientes gigantes es casi una declaración de principios.
Porque las películas de ofidios descomunales suelen funcionar con un pacto implícito que todos aceptamos de buena gana: uno sabe que va a ver algo deliberadamente exagerado, los personajes parecen saberlo también, y todo transcurre con un humor de autoconsciencia que va y viene entre la pantalla y la butaca. Acá no. Acá no hay ironía en los diálogos, no hay slapstick en las escenas de acción, no hay nadie que actúe como si supiera que está adentro de un rascacielos... perdón, de una anaconda. Esa decisión, poco frecuente en el subgénero, es lo que distingue a esta propuesta desde el minuto cero.
Una paciencia que se agradece
El filme se da el lujo de tomarse su tiempo antes de empujar a sus protagonistas hacia la espesura. Presenta la mitología de la Boiúna -esa serpiente mítica del folklore amazónico que puede adoptar forma humana-, desarrolla a los personajes con sus motivaciones a cuestas y deja que el espectador se acomode, entienda, respire. Para quienes vamos al cine a buscar ritmo frenético desde el arranque, esa calma puede resultar un tanto incómoda. Para los que preferimos que nos cuenten las cosas antes de gritarnos con ellas, es un capital narrativo que paga dividendos cuando llegan las escenas de acecho. Y acá viene lo mejor: las secuencias de persecución son sucias, físicas, con tensión verdadera, donde la serpiente comparte cartel con cocodrilos, arenas movedizas y una selva que no perdona errores ni a los personajes ni al guion.
Me pasó algo curioso mientras la miraba: en un momento de zozobra máxima, cuando el grupo estaba rodeado de agua turbia y la criatura se acercaba sin prisas, me descubrí conteniendo la respiración. Literalmente. Y eso no me pasaba con una película de este tipo desde hace mucho tiempo, si es que alguna vez me pasó. La dirección es imperfecta, sí, pero coherente con lo que busca. La Boiúna aparece en dosis medidas, estrategia que disimula las limitaciones del presupuesto y, a la vez, sostiene el misterio hasta donde la narración lo necesita.
Una serie B con la honestidad como bandera
Los conflictos entre personajes son funcionales aunque no memorables, las actuaciones sostienen el tono sin salir del registro que la película se propuso, y las muertes cumplen su función sin aspirar a convertirse en escenas de culto inmediato. Pero ojo: "Boiúna" no disimula lo que es. Es una película de bajo presupuesto dentro de un género acotado, y no tiene empacho en decirlo a los cuatro vientos. Su mérito, y es un mérito genuino, es haber trabajado con honestidad dentro de esas coordenadas. La moraleja es de las previsibles y la estructura no revoluciona nada, pero la ejecución supera lo que el material parecía prometer sobre el papel. Como me dijo al oído una colega a la salida: "No es la película del año, pero es exactamente la película que necesitaba ver esta noche".
Es un estreno que cae como anillo al dedo para la temporada de Halloween, ideal para quien quiera tensión sin tener que renunciar a cierta solidez narrativa. Y para responder la pregunta que quedó flotando: ¿le suma o le resta a una película de terror tomarse en serio a sí misma y evitar el humor? Le suma, y mucho. Le devuelve al género algo que el exceso de guiños cómplices le había hecho perder: la posibilidad de creerle, aunque sea por un rato, a lo que está pasando en la pantalla. Y eso, en estos tiempos, vale oro.
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