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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Budín cuatro cuartos: la receta que se explica con los huevos en la mano y no falla nunca

Una fórmula tan simple como memorable: cuatro ingredientes, todos del mismo peso. Carla Godoy repasa la lógica detrás del cuatro cuartos, una de las puertas de entrada más amables a la pastelería casera, y suma variantes para animarse a meter mano.

CG
Carla GodoyTurismo · · 4 min de lectura
Budín cuatro cuartos: la receta que se explica con los huevos en la mano y no falla nunca

Les confieso algo: hay recetas que te cambian la relación con la cocina, y esta es una de ellas. El budín cuatroquartos, o budín cuatro cuartos, es de esas preparaciones que uno aprende de chico, en la casa de la abuela o mirando a la madre batir con ganas, y que después te acompaña toda la vida. ¿Por qué? Porque su lógica es tan sencilla que, una vez que la entendés, no se te va más.

La regla 1-1-1-1, explicada paso a paso

Acá está el truco, y es uno solo: los cuatro ingredientes principales pesan exactamente lo mismo. El punto de partida son los huevos, pesados sin cáscara. Ese número, ese peso en gramos, se repite para el azúcar, la manteca y la harina. Así, sin más.

Para que se hagan una idea: cuatro huevos medianos suelen pesar alrededor de 200 gramos sin cáscara. Entonces la receta lleva 200 gramos de azúcar, 200 gramos de manteca y 200 gramos de harina. Si los huevos pesan 180 gramos, todos los demás van también por 180. La proporción se adapta sola, como si tuviera vida propia.

  • Huevos: son la medida de todo. Pesarlos sin cáscara es el primer paso.
  • Azúcar: misma cantidad en gramos que los huevos.
  • Manteca: igual de importante que el resto. Tiene que estar blanda, pomada, pero jamás derretida.
  • Harina: puede ser leudante (para zafar de agregar polvo de hornear) o común (en ese caso, sumamos una cucharadita de polvo de hornear).

El nombre lo dice todo: cuatro cuartos, cuatro partes iguales para cuatro ingredientes. Tan simple como eso.

Los secretos para que la miga quede tierna y húmeda

Ahora bien, la proporción es la base, pero hay algunos mimos que hacen la diferencia. El primero es el estado de la manteca: blanda pero no derretida, a temperatura ambiente. Se bate con el azúcar hasta lograr una cremita clara y esponjosa, y ese paso es clave porque incorpora aire a la mezcla, que es lo que después le da la miga aireada que tanto nos gusta.

Los huevos se agregan de a uno, también a temperatura ambiente, para que se integren mejor sin cortar la mezcla. Y la harina va al final, con movimientos suaves y envolventes, sin batir de más, porque si nos pasamos de rosca el budín queda duro en vez de tierno.

Variantes para no aburrirse nunca

Una vez que le agarran la mano, la receta abre un abanico enorme de variantes sin modificar la base. Chips de chocolate, nueces picadas, almendras, frutas secas, una buena porción de cacao amargo para los más golosos, o simplemente la clásica ralladura de limón o naranja para los más clásicos. La esencia de vainilla es la opción más segura, pero la ralladura de cítricos le da un perfume que, se los aseguro, no tiene precio.

Para el acabado, las opciones también son varias: un espolvoreado de azúcar impalpable queda divino y es lo más fácil del mundo. Si tienen ganas de lucirse, un glasé cítrico (azúcar impalpable con unas gotitas de limón y un poquito de agua) les queda elegante y brillante. Y si quieren una versión marmolada, separan una parte de la masa, la mezclan con cacao en polvo, y la van volcando alternada con la masa blanca en el molde. Con un cuchillo hacen un par de movimientos suaves y listo: un budín marmolado de revista.

La gran ventaja práctica de esta fórmula es que no hace falta estar consultando la receta cada cinco minutos. Con recordar que todo parte del peso de los huevos y que los otros tres ingredientes igualan esa cifra, la preparación está resuelta. Es memoria pura, de esas que se guardan en el bolsillo del delantal.

Mi recomendación para acompañarlo

A mí me gusta comerlo tibio, apenas salido del horno, con una taza de café bien negro o un té con leche bien caliente. Pero si lo sirven en una merienda con amigos, les sugiero acompañarlo con un queso crema bien untable y un membrillo o dulce de batata, que le va como anillo al dedo. Y ya que estamos en esto: si andan por Buenos Aires y quieren probar algo distinto, en cualquier confitería de barrio van a encontrar un cuatro cuartos bien criollo, hecho con esa manteca con punto justo que es un sello de nuestra pastelería. Es de esas cosas que nos hacen sentir que estamos en casa.

CG
Carla GodoyTurismo

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