Digger: el regreso de Iñárritu al ring de los dilemas
Con Tom Cruise como partenaire principal, el mexicano vuelve al backstage que lo consagró y se anima a una película que incomoda más de lo que festeja, en una temporada de premios donde la incomodidad rara vez es bienvenida

Volví a una sala oscura del centro con esa mezcla rara de expectativa y cierta desconfianza, esa que aparece cuando uno sabe que va a encontrarse con un director que suele dejarlo a uno pensando más de lo que quisiera. La pantalla todavía no había terminado de calentar y ya estaba ese olor a café recalentado de los vasos de Jumbo que sobrevive a todas las funciones de matinée, y sentí que la advertencia olfativa tenía algo de poético, porque Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu que protagoniza Tom Cruise, empieza preguntándose cuánto vale subirse a un escenario cuando el que paga el escenario es justamente el tipo al que uno quisiera denunciarlo.
Porque esa es, en el fondo, la apuesta que el mexicano vuelve a hacer más de una década después del éxito resonante que fue Birdman, aquella donde Michael Keaton hacía de estrella retirada que se aferraba a un superyó disfrazado de superheroína y terminaba volándose la cara en Broadway. Hay mucho ADN compartido entre ambos films, empezando por el teatro como territorio central, la estrella enfrentada a sus propias dudas, la cámara metiéndose en los entretelones de la producción y una reflexión sostenida sobre el precio que tiene hacer arte en un mundo que lo monetiza antes de entenderlo.
La fórmula conocida, con otro humor
Pero donde aquella película podía leerse como una celebración excesiva, casi euforia disfrazada de sátira, esta nueva entrega se corre hacia un lugar bastante más incómodo y menos indulgente con el espectador, y eso se nota desde el argumento. El personaje que encarna Cruise es un director teatral que acepta el respaldo de un magnate millonario para montar su obra, con el objetivo declarado de sacar a su hija de una situación en la que ese mismo entorno de poder contribuyó a meterla. La contradicción está plantada en el centro mismo del relato, y no se resuelve: el arte que pretende denunciar al poderoso solamente puede existir gracias al dinero de ese poderoso, y aun así sigue siendo art.
La tensión entre creación y comercio atraviesa toda la narración, y el director la deja respirar sin regalar salidas fáciles. Se ve cómo el financiamiento privado empieza a condicionar las decisiones artísticas más banales, desde qué obra se elige hasta qué líneas se suavizan para no espantar al patrón, y se ve también cómo el público, al aplaudir en una sala la caída simbólica del magnate, ejerce una suerte de catarsis política barata que no tiene traducción en la calle, en la AFIP ni en el Congreso. Esa incomodidad, la de reconocerse espectador de una denuncia que se pagó con dinero sucio, es justamente lo que la película se niega a disipar.
- Recupera el backstage teatral y la estrella en crisis que exploró en Birdman (2014).
- Se aleja del falso plano secuencia pero hereda casi todo el resto de la puesta.
- Cambia celebración por incomodidad: el financiamiento condiciona la obra.
- Tom Cruise carga con el peso de la campaña de premios.
- La pregunta central: ¿puede el arte denunciar al dinero que lo financia sin volverse cómplice?
¿Y la temporada de premios?
Acá aparece la paradoja que va a definir el recorrido de la película en los próximos meses. La apuesta más radical, la que la hace interesante de verdad, es la que la posiciona mal en el circuito de premios, donde los largometrajes con alcance comercial masivo suelen tener ventaja estructural. Iñárritu lo sabe, uno presume que Cruise también, y por eso la única variable que podría torcer el cálculo es la actuación del astro, que tiene que ser lo suficientemente contundente como para convertirse en el eje de la campaña y no quedar como un vehículo para el lucimiento del director, que es lo que finalmente terminó siendo Birdman más allá del justo Oscar a Keaton, casi como una disculpa tardía por no haberlo premiado en los noventas por Ed Wood.
Me fui de la sala con esa sensación que tienen las películas que dan más para hablar que para recomendar, la de un film que se planta en un lugar incómodo y se niega a hacer la concesión que lo salvaría en la alfombra roja. Si uno es de los que prefiere el cine que pregunta a la película que responde, Digger le va a gustar. Si uno va a la sala a pasarla bien y a aplaudir al final, probablemente se sienta traicionado. Las dos reacciones son válidas, y eso la hace una película honesta, incluso cuando uno no termina de saber si lo divirtió, si lo incomodó o si simplemente lo dejó con ganas de discutirla en un bar de San Telmo mientras pide otra ronda de vino y mira fijo a la otra mesa, como preguntándose hasta dónde todos somos público de una obra que alguien está escribiendo en nuestra cara.
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