El arte de preguntarse de quién es la vida que uno está viviendo: dos preguntas para dejar de seguir el molde ajeno
El filósofo Ira Bedzow, de la Universidad de Emory, propone un ejercicio sencillo y revelador: distinguir entre lo que genuinamente queremos y lo que nos hicieron creer que queremos. La evidencia muestra que vivir alineado con los propios valores no solo trae bienestar, sino también más esfuerzo y más progreso.

Te confieso algo antes de arrancar: hace un tiempo, sentado en una sala vacía después de una función, me quedó en el aire una pregunta que no era sobre la obra que acababa de ver, sino sobre mí. ¿De quién era la vida que estaba viviendo? No es una pregunta que se conteste rápido. Es más bien una de esas que empieza como un olor a tostada quemada en la cocina —pequeña, doméstica— y termina abriendo una puerta enorme. Esa incomodidad, esa sensación de que algo no encaja del todo aunque no sepas bien qué, es la materia prima con la que trabaja Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Universidad de Emory. Y lo que propone es, en apariencia, un juego de niños. Dos preguntas. Nada más.
Dos preguntas que incomodan más de lo que parecen
La primera —¿de quién es la vida que estás viviendo?— suele tener una respuesta casi automática. Familia, pareja, trabajo, hijos, el conocido del bar que siempre te dice lo que tenés que hacer. La enumeración sale sola. La segunda, en cambio, abre otro pozo: ¿quién debería determinar cómo vivís? Ahí el silencio se estira. Porque si uno se queda un segundo quieto, se da cuenta de que el rumbo no estaba fijado por nadie en particular, y al mismo tiempo lo determina todo el mundo un poco. Esa es la incomodidad que describe Bedzow cuando dice, sin adornos: es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo. Y ahí, justo en ese cruce, empieza el trabajo.
“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow
Lo que el filósofo no propone es volverse un ermitaño de las decisiones ni hacer oídos sordos a quienes uno quiere. La distinción que hace vale oro: hay una diferencia enorme entre recibir perspectivas externas y entregarles el control. Escuchar a un colega que te cuenta una oferta laboral, o permitir que un amigo te cuestione una suposición sobre una relación, no es debilidad: muchas veces es justamente lo que te permite ver lo que no habías considerado. La cuestión pasa por quién firma la decisión final y desde qué criterios la firma. Eso, dice Bedzow, es lo que separa un criterio propio de un molde heredado.
Lo que dice la evidencia: perseguir metas alineadas con los valores propios rinde más
- Según un metanálisis de Sezer y colaboradores, las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a registrar mayor bienestar.
- El contraste aparece con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa.
- Perseguir lo genuinamente valioso, además, se asocia con un mayor compromiso sostenido, no con picos aislados de motivación.
Ahora bien, no todo pasa por desobedecer al entorno. La filósofa Susan Wolf, a quien Bedzow recoge en su planteo, suma un ángulo clave: el sentido no surge solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso. Dicho de otro modo, no alcanza con querer: hace falta preguntarse si lo que uno quiere merece ser querido. Esa segunda capa es la que protege del capricho y, al mismo tiempo, de la copia. Como dice un verso que me viene siempre a la cabeza en estas conversaciones, y que le escuché una vez a una cantante que no voy a nombrar: uno va armando la vida como puede, con lo que le dieron y con lo que fue a buscar. La parte que uno va a buscar, insiste Bedzow, es la que se.
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