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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Hacer memoria: cuando la cocina, la caminata y el café con un amigo también son un escudo contra el deterioro cognitivo

Un encuentro internacional en Buenos Aires puso sobre la mesa los resultados del estudio LatAm-FINGERS, que durante dos años siguió a más de mil personas mayores de once países y comprobó que una rutina integral de hábitos saludables puede mejorar el rendimiento global de la cognición.

RM
Renata MolinariCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Hacer memoria: cuando la cocina, la caminata y el café con un amigo también son un escudo contra el deterioro cognitivo

Vine del encuentro todavía con ese zumbido de café filtrado y de calefacción prendida, esa mezcla que tienen los salones de FLENI en las mañanas de invierno cuando se llena de médicos y pacientes. Y me crucé con un dato que se me quedó dando vueltas, casi como un acorde repetido, de esos que uno tararea sin querer mientras camina por la calle: cuidar la memoria, en esta vuelta, ya no es una cuestión de pastillas o de acertijos, sino de cómo uno se para en la cocina, cómo sale a caminar, cómo mide la presión, cómo llama por teléfono a un amigo para que la conversación le haga bien al cerebro tanto como al ánimo. Eso es, en el fondo, lo que vine a aprender esta mañana.

El punto de partida del encuentro es bastante concreto: la demencia no es una condena inevitable que cae del cielo y nos sorprende a todos por igual. Hay un porcentaje enorme de casos que están atados a cómo vivimos, a cómo comemos, a cómo nos movemos, a cómo tratamos el corazón y los vasos sanguíneos. Por eso, si uno quiere cuidar la cabeza, tiene que empezar por el cuerpo. Y por los otros.

Cinco llaves, una sola estrategia

  • Alimentación saludable, adaptada a los productos y a las recetas de cada región, no a una dieta importada que nadie sostiene en el tiempo.
  • Actividad física regular, con metas accesibles y progresivas según la edad y las posibilidades de cada persona.
  • Estimulación mental, con actividades que desafíen la atención, la memoria y el lenguaje.
  • Vínculos sociales, porque el aislamiento crónico pasa factura y la conversación cotidiana también entrena al cerebro.
  • Cuidado cardiovascular, con controles de presión arterial, glucemia, colesterol y abandono del tabaco.

Lo contó con mucha claridad Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS, a quien le pregunté cómo se hace para bajar estas recomendaciones a tierra sin que se vuelvan un decálogo imposible. Su respuesta fue casi una definición de sentido común: las propuestas alimentarias y la organización de las actividades se adaptaron a los recursos y a las costumbres locales, porque la clave es sostener el principio de la intervención sin desconocer las diferencias culturales y sociales de cada comunidad. No se trata de copiar un protocolo importado, sino de traducirlo.

El ensayo clínico que se presentó en Buenos Aires es, hasta donde yo sé, el más grande de su tipo en América Latina. Participaron 1.065 personas de entre 60 y 77 años, repartidas en 11 países, y se les hizo un seguimiento durante dos años. La mitad recibió una intervención más estructurada, con actividades organizadas y contacto frecuente con equipos de salud. La otra mitad recibió recomendaciones para incorporar los hábitos con mayor autonomía. Ambos grupos tuvieron orientación preventiva, y la diferencia estuvo, sobre todo, en el acompañamiento.

“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI

Los resultados que se presentaron fueron auspiciosos, aunque no mágicos. El grupo con intervención más estructurada mostró una mejora en la cognición global al cabo de los dos años, que es exactamente lo que uno quiere escuchar cuando tiene 65 años y le preocupa cómo viene la mano. Y algo que me pareció todavía más interesante, porque habla de la realidad y no del laboratorio: el 80 por ciento de los participantes tuvo una adhesión moderada o alta al programa, y casi el 85 por ciento completó la evaluación final. Eso quiere decir que la gente no abandonó, que la propuesta fue posible de sostener en el día a día de personas reales, con historias reales.

Ahora bien, ojo con una cosa, y acá viene el pedido de prudencia que los propios especialistas hicieron en el encuentro: estos resultados no significan que una rutina saludable garantice evitar la demencia. No es un seguro de vida ni una promesa. Es, en todo caso, una manera de reducir riesgos, de ganar tiempo, de llegar a los 80 con la cabeza lo más entera que se pueda. Y eso, cuando uno piensa en cómo le gustaría vivir los próximos años, ya es muchísimo.

Yo salí del encuentro con una sensación rara, mezcla de alivio y de vergüenza, porque uno siempre piensa que la salud de la cabeza es un tema ajeno, de médicos, de papers, de simposios internacionales. Pero después de escucharlos me quedó dando vueltas una idea simple, casi de manual, que vale la pena repetir: la próxima vez que uno controle la presión, que vaya a caminar con un amigo, que cocine algo con verduras, que aprenda una palabra nueva o que llame por teléfono a la madre, no está haciendo una pavada. Está haciendo memoria, en el sentido más lindo y más útil de la palabra.

RM
Renata MolinariCultura y espectáculos

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