La estepa africana le cambió la mirada: Anamá Ferreira trajo de Kenia y Tanzania un álbum que huele a tierra roja
La modelo y conductora cerró un recorrido por el este africano que la llevó desde el refugio de las jirafas de Rothschild hasta el cráter del Ngorongoro, con paso por la casa de Karen Blixen y una tarde entera en una aldea masái del Mara.

Hay un olor que no se olvida, y es el de la tierra roja del Mara cuando el sol empieza a pegar fuerte, esa mezcla de pasto seco, polvo y algo dulzón que parece animal. Lo supe de chico, leyendo, y lo confirmé este viaje de Anamá Ferreira, que volvió de África con la mochila llena de imágenes y la cabeza llena de sonidos. Le propongo que nos subamos al jeep, porque el recorrido que ella hizo es de esos que a mí, personalmente, me dejaron con ganas de subirme a un avión mañana mismo.
La primera parada fue Nairobi, y nada menos que en el Giraffe Centre, ese lugar dedicado a proteger a la jirafa de Rothschild, una subespecie que está en peligro de extinción. Anamá lo contó con esa mezcla de asombro y responsabilidad que tienen los que entienden que están delante de algo irrepetible: “Hoy viví uno de esos momentos que quedan para siempre en el corazón. Estar tan cerca de ellos, darles de comer y hasta poder sacarme una selfie fue simplemente inolvidable”, dijo al compartir las fotos en sus redes. Yo, mirándola, pensé en lo mucho que habrá cambiado la cara de esas jirafas desde que Karen Blixen las veía desde su ventana, allá por los años veinte, cuando Nairobi era apenas una parada en el camino hacia las colinas de Ngong.
La casa donde escribió una de las novelas más amadas del mundo
Justamente a Karen Blixen fue a rendirle homenaje la conductora, recorriendo el museo que funciona en la antigua residencia de la escritora danesa en Kenia. “Caminar por su casa y pensar que acá transcurrió parte de esa historia es bastante mágico”, resumió Ferreira, y la frase me sirve para recordar que aquella mujer que firmaba como Isak Dusenberry describió África como “una puesta de sol que ya nadie podrá igualar”. Imagínense la piel de Anamá cruzando ese living, esos mismos pisos por los que caminó la autora de Memorias de África, y se van a dar una idea de por qué este viaje no fue uno más.
Una tarde con los masái, entre el rojo de la shuka y el salto de los guerreros
Pero si hay un momento que a mí, particularmente, me sacudió fue el paso por la comunidad masái en el corazón del Masái Mara. Ahí la modelo se calzó la shuka, ese tejido rojo intenso que los identifica a kilómetros, y se prendó a los collares de cuentas que usan como signo de identidad y de estatus. Hasta se animó con la danza adumu, esa coreografía de saltos verticales en la que los jóvenes guerreros miden quién llega más alto. Leí por ahí que un viejo masái le dijo, mirándola desde abajo, que nadie baja del salto igual a como subió. Y esa frase, créanme, se puede aplicar a cualquiera que se interne en esa tierra.
Después cruzó a Tanzania y se metió de lleno en dos parques que son la fantasía de cualquier lector de National Geographic de los años ochenta: el Serengueti y el cráter del Ngorongoro. Ahí, en una extensión verde que parece no terminar nunca, avistó a los Cinco Grandes, que en el lenguaje de los guías locales son el león, el leopardo, el elefante, el rinoceronte y el búfalo. Ella misma lo contó como el objetivo central del viaje y, si me preguntan, lo entiendo perfecto, porque la lista funciona como una especie de santo y seña del safari clásico.
- La visita al Giraffe Centre de Nairobi, donde alimentó a jirafas de Rothschild y acercó a su familia al trabajo de conservación.
- El paso por el Museo Karen Blixen, en la antigua casa de la autora de Memorias de África, con una recorrida por los ambientes que la vieron escribir.
- El encuentro con una comunidad masái en el Masái Mara, que incluyó probar la shuka roja, sumarse a la danza adumu y conversar con familias locales.
- Las expediciones por el Serengeti y el cráter del Ngorongoro en busca de los Cinco Grandes, con registros de leones, leopardos, elefantes, rinocerontes y búfalos.
- Los atardeceres sobre los lagos de la región y los intercambios con familias y chicos de aldeas, que la conductora describió como una experiencia profundamente enriquecedora.
Le pregunto, ya cerrando, y me juego entero: si mañana tuviera que elegir un destino africano para repetir esta aventura, ¿cuál sería? Yo, en mi lugar, no dudaba: Namibia, por la luz del Sossusvlei. Pero, claro, después de leer este viaje, también me tienta volver al Mara, sentarme otra vez a ver a un guerrero masái saltar contra el cielo rojo y entender, de una vez por todas, eso que escribió un poeta cuando dijo que “lo verdadero es lo que todavía no hemos visto”. Por ahora, me quedo con las fotos de Anamá, que cuentan, mejor que cualquier nota, lo que se siente cuando África te pasa por encima.
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