Stalingrado en celuloide: la reconstrucción obsesiva de una batalla que cambió el siglo XX
A tres décadas de su estreno, la película de Joseph Vilsmaier sigue siendo una de las apuestas más arriesgadas del cine bélico europeo: doce mil extras, frío finlandés y una ciudad que hubo que inventar porque ya no existía.

Lo primero que uno siente cuando se cruza con Stalingrado, la película de Joseph Vilsmaier que acaba de reestrenarse en streaming, no es el vértigo de la guerra sino el silencio espeso que viene después. Es ese tipo de filme que empieza con la nieve y termina con la nieve, y en el medio deja al espectador sin aire, como si uno hubiera estado ahí, con el fusil al hombro y las botas empapadas, caminando junto a esos cinco soldados alemanes que nadie llamó héroes y que, sin embargo, cargan con la mirada perdida de quienes acaban de comprender que la historia los puso en el lugar equivocado del mundo.
Yo la vi por primera vez en un VHS que alguien me prestó a fines de los noventa, en una tele de tubo, con el volumen bajo porque ya era de noche y mi vieja dormía en la pieza de al lado. Recuerdo que me llamó la atención algo muy concreto: el frío. Hay una escena, cerca del inicio, en la que los protagonistas atraviesan un lago congelado y el hielo suena, cruje, se queja como si estuviera vivo. Ese sonido se me quedó pegado en la cabeza durante semanas. Y cuando volví a verla, ya en plataforma, entendí que Vilsmaier y su equipo habían hecho un trabajo casi artesanal para que ese ruido llegara limpio al oído del espectador.
Una producción extrema para una historia extrema
La película se estrenó en 1993 y fue, en su momento, una de las apuestas más ambiciosas del cine alemán. El presupuesto rondó los veinte millones de marcos alemanes, unos catorce millones de dólares al cambio de entonces, y se filmó durante cinco meses en distintos países. Las secuencias más duras se rodaron en Finlandia, donde los actores y los técnicos soportaron temperaturas que llegaron a los treinta grados bajo cero. Para las escenas de combate se movilizaron alrededor de doce mil extras, y se contrataron veteranos de guerra amputados para darle a la imagen ese realismo crudo que el director quería, sin maquillaje que disimulara.
- La novela original de Theodor Plievier, publicada en 1945, recién fue adaptada al cine casi cinco décadas después.
- El rodaje se realizó en Finlandia y otros países, porque la ciudad real de Stalingrado ya no servía como locación: la destrucción fue tan grande que hubo que reconstruirla entera en la posguerra.
- Se usaron alrededor de doce mil extras, una cifra inusual para una producción europea de la época.
- Se convocó a veteranos amputados para reforzar la veracidad de las imágenes.
- Ninguna escena se filmó en la ciudad real, dado que no quedaban edificaciones de la época.
El dato técnico que a mí más me impresionó, y que seguramente muchos lectores no conocen, es justamente ese: que ninguna escena se rodó en Stalingrado. La ciudad fue arrasada durante el conflicto y reconstruida después con una fisonomía completamente distinta, de manera que no había una sola pared, una sola ventana, un solo techo que sirviera como ambientación. Hubo que fabricarlo todo. Y eso, leído desde hoy, le agrega una capa extra de sentido a la película: la guerra no solo borró a las personas, también borró los lugares donde vivieron.
Una historia que aún golpea
Para quienes necesiten el contexto histórico, vale la pena recordarlo: la Batalla de Stalingrado se extendió entre agosto de 1942 y la rendición del Sexto Ejército alemán, meses después, con un saldo aproximado de dos millones de muertos. Está catalogada, con razón, entre los enfrentamientos más cruentos de toda la Segunda Guerra Mundial. En su diario, Joseph Goebbels recogió que Adolf Hitler consideraba la toma de la ciudad una necesidad psicológica urgente, por el valor simbólico que tenía para el régimen soviético. Las tropas recibieron la orden expresa de no rendirse bajo ninguna circunstancia.
Hay una frase, en medio del filme, que condensa todo ese sinsentido. Un soldado veterano le dice a uno de los jóvenes recién llegados al frente algo así como que en Stalingrado no se gana ni se pierde una batalla, se sobrevive o se desaparece. No la cito textual porque prefiero que quien quiera la encuentre por sí mismo, pero esa línea funciona como una pequeña brújula moral para atravesar las dos horas y cuarto de metraje. Y funciona porque no es grandilocuente, no es épica: es, simplemente, verdadera.
En lo que hace a la recepción, la película recaudó unos diez millones de dólares en Alemania, por debajo de lo esperado, pero tuvo una recepción especialmente favorable en España, donde los ingresos rondaron el equivalente a 1,34 millones de euros. Con el tiempo se ganó un lugar de culto entre los amantes del cine bélico europeo, aunque su proyección internacional quedó en parte opacada por el estreno posterior de Enemigo a las puertas, la producción franco-estadounidense que retomó el mismo conflicto desde otro ángulo y con otro despliegue. Hoy Stalingrado se puede ver en Amazon Prime Video, y eso le abre la puerta a una nueva camada de espectadores que, quizás, la descubran como yo la descubrí: por accidente, en una noche cualquiera, y sin poder sacársela de la cabeza durante días.
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