Tarantino, Costner y un viaje en el tiempo: la película que el director vio cinco veces en una semana y casi nadie vio
Quentin Tarantino reveló su devoción por "Fandango", la ópera prima de Kevin Reynolds de 1985 que apenas recaudó 91.000 dólares en su estreno y hoy sobrevive como objeto de culto. Un viaje por carretera, un esmoquin mugriento y la sombra de una profecía que no se cumplió.

Hay un ruido particular que solo escuché en un autocine y que todavía me persigue: el de las butacas viejas cuando alguien se acomoda para mirar una película que sabe que va a gustarle. Esa misma certeza, esa sensación de haber encontrado algo antes que el resto del mundo, es la que parece haber atravesado a Quentin Tarantino cuando, en 1985, se sentó por primera vez frente a la pantalla para ver "Fandango", la ópera prima de Kevin Reynolds que protagonizaba un jovencísimo Kevin Costner. Lo cuenta el propio Tarantino en una charla reciente con Vanity Fair, y el dato es de esos que, como diría un amigo mío, te dejan con la boca abierta: asegura haberla visto cinco veces en el cine durante la única semana que la película estuvo en cartelera.
A esa altura, claro, Tarantino todavía no era el director de "Reservoir Dogs" ni de "Pulp Fiction". Era un espectador voraz que iba al cine a devorar películas como quien hojea una novela, y que encontró en ese viaje por carretera de cinco amigos que se despiden de la juventud en el Estados Unidos de 1972 algo que, según sus palabras, merece un lugar entre las mejores óperas primas de la historia del cine. Una afirmación fuerte, viniendo de quien viene, y todavía más fuerte si se mira la cifra que dejó aquella semana en las boleterías: 91.000 dólares en toda la Argentina del norte, o sea, en todo Estados Unidos. Una cifra tan chica que parece un error de tipeo, pero que confirma esa paradoja que tantas veces repite el cine: las películas más queridas por unos pocos suelen ser las que menos recaudan en su estreno.
Un esmoquin mugriento y la ilusión de ser otro
Lo más lindo de lo que cuenta Tarantino, y lo que a mí me hizo imaginar la escena como si la hubiera visto, es la forma en que describe lo que le pasaba después de cada función. Dice que la señal de un actor realmente genial es que, después de verlo, uno quiere actuar como él, y asegura que él quería vestirse como Costner, hablar como Costner, ponerse un esmoquin mugriento y dormir, orinar, vomitar, beber y sudar en un auto cruzando el desierto. Me quedé dando vueltas con esa frase un buen rato, porque tiene esa capacidad tan de Tarantino de convertir una imagen en un estado de ánimo: un traje elegante arruinado por el polvo y el alcohol, y al mismo tiempo lo más cool del mundo. Es, si se quiere, una de esas definiciones que sirven para explicar qué es el carisma en el cine, ese magnetismo que te hace querer estar del otro lado de la pantalla.
“Es una de las mejores óperas primas de la historia del cine. La vi cinco veces en el cine, ¡y solo estuvo en cartelera una semana!”Quentin Tarantino, en entrevista con Vanity Fair
El director que Tarantino soñó y el que terminó siendo
- Kevin Reynolds tenía 33 años cuando dirigió "Fandango", su primera película, y Tarantino llegó a proclamarlo en los años noventa como el futuro Stanley Kubrick de su década.
- Esa profecía no se cumplió: Reynolds siguió trabajando con Costner en grandes producciones como "Robin Hood, príncipe de los ladrones" (1991) y "Waterworld" (1995), esta última atravesada por fricciones durante el rodaje que luego se resolvieron.
- Años más tarde, ambos volvieron a encontrarse en la miniserie "Hatfields & McCoys", un compromiso que llevó a Costner a rechazar un papel que finalmente quedó en manos de otro actor en "Django desencadenado", la película de Tarantino de 2012.
- "Fandango", en tanto, conserva su condición de película de culto, de esas que uno descubre de casualidad en una filmoteca, en una reposición nocturna o por recomendación de un amigo que ya la vio tres veces.
Yo, si les soy sincera, no había visto "Fandango" hasta que me crucé con esta nota, y me pasó algo parecido a lo que describe Tarantino: la sensación de que hay un cine chico, casi secreto, que sobrevive al paso del tiempo no por la plata que juntó ni por los premios que ganó, sino por el efecto que causa en la gente que lo descubre. A veces pienso que esas películas de paso efímero por las salas son como los bares de barrio que cierran antes de que los pruebes: uno se entera tarde, los extraña, pero siempre llega la ocasión en que alguien te los cuenta y te ilumina la semana. Si alguno de ustedes la vio, leo con gusto sus recuerdos; si no, ya tiene una excusa perfecta para ir a buscarla esta noche, que de vez en cuando sentarse frente a una pantalla con un esmoquin imaginario y el desierto de 1972 es una de las mejores inversiones que uno puede hacer con una hora y media libre.
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