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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cómo el celular ocupa la atención cotidiana aun cuando queda guardado: las claves de dos investigadores argentinos

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin describieron mecanismos que mantienen a las personas pendientes del teléfono, incluso cuando no lo están usando. El miedo a perderse conversaciones o actividades puede generar ansiedad, especialmente en adolescentes.

MB
Marcos BattistellaEconomía y agroindustria · · 3 min de lectura
Cómo el celular ocupa la atención cotidiana aun cuando queda guardado: las claves de dos investigadores argentinos

Sentir que el teléfono vibró, revisarlo con rapidez y descubrir que no llegó ningún mensaje es una experiencia que atraviesa a buena parte de los usuarios de teléfonos inteligentes y que, según los investigadores Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, encuentra una explicación precisa en el funcionamiento de la atención. Para el neurocientífico y el lingüista, ambos investigadores del CONICET, la expectativa constante de recibir avisos puede llevar a interpretar un roce de la ropa o un ruido cercano como una señal emitida por el dispositivo, un fenómeno que en la jerga técnica se conoce como notificación fantasma y que ilustra hasta qué punto la espera se independiza del estímulo real.

Los autores abordan estas situaciones en su libro (Des)Conectados, una obra en la que proponen mirar los hábitos digitales de la vida familiar a partir de una pregunta concreta: cuánto espacio ocupa el teléfono inteligente en la atención cotidiana, incluso cuando el aparato queda a un lado. El planteo no se limita a describir sociales: se apoya en datos y en marcosconceptuales de la neurociencia cognitiva y la lingüística para explicar por qué las pantallas concentran una porción creciente del esfuerzo mental de los usuarios.

El peso del FOMO en la vida diaria

Una de las claves del libro es el concepto conocido como FOMO, por las siglas en inglés de fear of missing out, es decir, el miedo a quedar afuera. Ballarini y Bonnin explican que, para los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones digitales puede vivirse como una exclusión efectiva de su grupo de pertenencia. La preocupación abarca tanto las actividades que se están desarrollando en las plataformas como los intercambios en los que no se logra intervenir, y se traduce en una vigilia permanente sobre las novedades que podrían llegar en cualquier momento.

Esa inquietud, agregan los investigadores, tiene un costo mensurable para el desempeño en otras tareas. Estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos cognitivos disponibles para concentrarse en lo que ocurre en el entorno inmediato. Los autores relacionan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria de trabajo y de la atención sostenida, dos funciones que se deterioran cuando el cerebro debe repartir capacidad entre la actividad principal y la monitorización constante del dispositivo.

  • Notificaciones fantasma: la sensación de que el teléfono vibró o sonó cuando en realidad no llegó ninguna alerta.
  • FOMO: miedo a perderse conversaciones o actividades que ocurren en el entorno digital.
  • Atención partida: la división constante de recursos cognitivos entre la tarea en curso y la monitorización del teléfono.
  • Sensación de abandono: la percepción de que dejar el dispositivo equivale a ausentarse de un espacio de encuentro.
“Reconocer esa dependencia es un punto de partida. No se trata únicamente de contar las veces que se desbloquea una pantalla: también importa advertir la preocupación por perderse algo o la expectativa permanente de que llegue un mensaje.”Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin

Los autores ubican estos hábitos en un cambio cultural más amplio. Las pantallas dejaron de ser herramientas neutras para convertirse en el soporte de conversaciones, vínculos y actividades que forman parte de la vida diaria. Por eso, alejar el dispositivo no siempre se vive como guardar un utensilio: puede experimentarse como abandonar, por un rato, un espacio de sociabilidad. Su planteo apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren la totalidad del esfuerzo de comprender el entorno.

El trabajo de Ballarini y Bonnin, en definitiva, ofrece un mapa para identificar las situaciones en las que el teléfono captura la atención sin que medie un estímulo real. Se trata, según los propios investigadores, de un primer paso para repensar la convivencia con la tecnología en el hogar y para entender por qué, aun en reposo sobre la mesa, el celular continúa disputando recursos mentales que antes se destinaban a la conversación cara a cara, la lectura o el simple aburrimiento, ese estado que, recuerdan, suele ser el punto de partida de la creatividad.

MB
Marcos BattistellaEconomía y agroindustria

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