Coquito, el puesto de panchos de San Isidro que se mantiene casi intacto desde hace siete décadas
General Belgrano 92, a metros de la estación, sigue siendo atendido por las familias fundadoras y conserva un formato austero: veinte metros cuadrados, cuatro banquetas y una sola preparación como eje de la oferta. En diciembre puede despachar hasta 1.700 unidades por jornada.

A metros de la estación de tren de San Isidro, en General Manuel Belgrano 92, el local conocido como Coquito sostiene desde hace casi setenta años un formato singular dentro del rubro de comida al paso: un espacio de veinte metros cuadrados, apenas cuatro banquetas distribuidas con criterio funcional y una propuesta centrada en un único plato principal. El costo actual del pancho mediano alcanza los 5.000 pesos, en un punto de venta que abre de lunes a sábado de 8 a 20.15 y los domingos de 10 a 18.30, y que conserva la dinámica original de consumir parado, ya sea junto al mostrador o sobre la barra ubicada en el frente.
Una carta acotada y deliberada
La oferta se construye alrededor del pancho y por decisión explícita de quienes llevan adelante el negocio no se sirven papas fritas, ni como acompañamiento ni como topping sobre la salchicha. Los aderezos disponibles en la barra incluyen mostaza, mayonesa, kétchup y salsa golf, además de mostaza con miel, alioli y sriracha, incorporaciones que en los últimos años ampliaron las opciones de una carta que históricamente giró sobre el mismo plato. Entre las bebidas figura un licuado de banana que, según la propia dinámica del local, acompaña de forma habitual la elección de los clientes.
El pan se elabora en una panadería de Acassuso, con una receta y un tamaño definidos a partir de los pedidos de los dueños, y antes de servirse se lo calienta a baño maría para humedecerlo con vapor. La salchicha, de estilo alemán y con piel, se produce especialmente para el local y llega pasteurizada, por lo que recibe apenas unos minutos de calor antes del armado final del pancho.
Una historia que se remonta a 1955
El negocio fue fundado en 1955 por Gustavo Grandinetti y Atilio Rubini, que se asociaron para abrir el puesto en la dirección donde funciona hasta hoy. Las dos familias continúan al frente del emprendimiento, con participación ya de la cuarta generación, y con reformas edilicias acotadas respecto del planteo original. Javier Rubini, que atiende junto con su hermano Adrián, explicó que en distintos momentos tuvieron la posibilidad de incorporar el local contiguo para ampliar la superficie, pero optaron por conservar las dimensiones de siempre como parte del carácter del lugar. Ante pedidos de varias unidades, Rubén Rubini suele entregar los panchos por tandas, para evitar que se enfríen antes de ser consumidos.
La venta se incrementa los sábados, cuando la cuadra se vuelve peatonal, con jornadas en las que se superan las mil unidades despachadas. En las fechas fuertes del calendario, como el 23 y el 24 de diciembre, la cantidad puede escalar hasta los 1.700 panchos vendidos, una cifra que da cuenta del peso del comercio en su entorno inmediato. Entre quienes se acercan al puesto conviven vecinos que lo visitan desde la infancia con visitantes llegado desde el sur y el oeste del Área Metropolitana de Buenos Aires, muchos de los cuales conocieron la propuesta a través de las redes sociales.
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