El bodegón de Villa Devoto que nació como cervecería con bochas y hoy es un templo de la milanesa
El Bar Alemán cumple 118 años en su esquina de siempre, con mozos que llevan cuatro décadas, palmeras centenarias y una napolitana para cuatro que se convirtió en su marca registrada. Un viaje a un pedazo de historia del barrio que se resiste a entregarse.

Les confieso algo: cada vez que me cruzo con un bodegón que lleva más de un siglo abierto, siento que estoy pisando un documento vivo. Y el Bar Alemán de Villa Devoto es uno de esos casos que uno tiene que conocer sí o sí. Funciona desde 1908 en la esquina de Pedro Morán y avenida San Martín, y aunque hoy lo identifican sus palmeras centenarios que ya son Monumento del barrio, arrancó como lo que era en esa época: una cervecería con glorieta, cancha de bochas y unos barriles que se enfriaban con hielo a través de una serpentina de 120 metros metida en el sótano. Las palmeras, que hoy ven pasar a todo el mundo, en aquel entonces apenas si le pasaban la altura a un parroquiano.
La carta de aquellos primeros años era bien teutona: salchichas, chorizo alemán, ahumados, costillas de cerdo y chucrut. Con el tiempo se fue aggiornando, y el plato que hoy define la casa no es alemán, sino bien porteño: la milanesa napolitana. Los mozos, que tienen una sabiduría que ya quisiera cualquier manual de marketing, recomiendan pedirla para tres, aunque tranquilamente comen cuatro y hasta sobra para llevar. Dato concreto: venden alrededor de mil milanesas por mes, un número que a mí, que recorro bodegones hace años, me sigue pareciendo de otro siglo.
Una historia de trabajadores que se hicieron cargo
Lo que más me gusta de este lugar es cómo llegó a manos de quienes hoy lo llevan. En diciembre de 1983, Carlos y Manolo compraron el fondo de comercio con un contrato de alquiler que se vencía en mayo. Imagínense la incertidumbre: el primer fin de semana hicieron 700 cubiertos, arrancaron con siete mozos y terminaron la semana con catorce. Al año siguiente el propietario original les renovó el contrato y dos años después les vendió el lugar, con la deuda saldada mediante un alquiler proporcional, sin hipoteca de por medio. Eso, en tiempos donde los alquileres comerciales son una trampa, suena a película.
Me cuentan que en los ochenta y buena parte de los noventa el local llegaba a los 21.000 cubiertos en diciembre. Hoy ese número ya no se repite, pero un sábado a la noche convocan entre 350 y 400 personas, y los dueños descorchan champán para celebrarlo. Es otra escala, pero la mística sigue intacta.
Lo que se conservó y lo que cambió
Eso último me parece clave y lo rescato: la viralización de la milanesa obligó a afinar la receta, que hoy sale con una formulación más precisa que en los primeros años. Es el eterno debate entre tradición y aggiornamento, y acá lo resolvieron sin traicionar la esencia.
Si van, dense una vuelta por la zona: están a pocas cuadras de la estación Devoto del tren San Martín, así que se llega cómodo. Y ya que están, pregunten a los mozos qué recomiendan del día, porque esa gente lleva cuatro décadas atendiendo y sabe lo que sirve. Para el cierre, y esto va de yapa: aprovechen y almuercen o cenen en el bar, pero si quieren extender la salida, a pocas cuadras, sobre la misma avenida San Martín, hay pizzerías y casas de pastas de toda la vida para completar el plan. La zona da para una jornada entera de mesa y mantel.
“A este bar lo conocí de chico con mi viejo y cada vez que vuelvo siento que el tiempo no pasó. Las palmeras, el piso de canto rodado, los mozos de siempre... es de esos lugares que te dan la sensación de que Buenos Aires todavía existe como uno la recuerda.”Cliente habitual del barrio
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