El Coyote se cansa de caer solo y va a juicio: nace un largo que mezcla dibujo, carne y hueso en más de noventa minutos de pantalla
Wile E. Coyote deja por un rato al Correcaminos y se asocia con el personaje que interpreta Will Forte para pelear por lo que considera suyo. La nueva película recupera el humor físico clásico de los Looney Tunes y lo estira hasta darle forma de relato de tribunales, con idas y vueltas que conozco bien.

Acomodarme en la butaca me costó, porque la sala todavía olía a pochoclo recién hecho, ese aroma dulzón que se mete en la ropa y te avisa que la función va en serio. Y vaya si va en serio. Coyote vs. Acme es de esas películas que uno mira primero con la sonrisa torcida, después con la garganta apretada, y termina con una mezcla rara de risa y de ganas de aplaudirle al dibujito de la pantalla, que es justo lo que me pasó a mí cuando se apagaron las luces y arrancó la proyección.
El arranque tiene esa música clásica de los Looney Tunes y el clásico plano del Coyote caminando por el desierto con cara de pocos amigos. Pero enseguida se nota que acá hay algo distinto: el bicho tiene abogado. Bueno, no exactamente un abogado, pero sí un interlocutor humano, el personaje que Will Forte se anima a interpretar con esa incomodidad suya tan querida, la del tipo común que de repente le toca meterse en un quilombo que no pidió.
La dupla improbable: un coyote enojado y un humano desbordado
Forte compone a un personaje que parece sacado de una comedia indie y plantado en medio de un dibujo animado, y eso ya es un gol. Suavedra, su tono de perdedor encantador y su capacidad para reaccionar como si el mundo le estuviera cayendo encima encajan como anillo al dedo con el Coyote, que del otro lado hace de las suyas con la seriedad de quien está convencido de que esta vez sí va a funcionar.
Y así, mientras el Coyote se empecina en sus trampas cada vez más elaboradas y el personaje de Forte intenta mantener una vida medianamente normal, la película va armando un vínculo raro, torpe, lleno de silencios incómodos y de golpes de humor que pegan justo donde duele. A mí me hizo acordar a esa frase que cantaba Fito Páez, que más o menos dice que uno no se arrepiente de las peleas, sino de las cosas que no peleó. El Coyote pelea todo el tiempo, y acá, por primera vez, lo hace en un ring que no es el desierto.
- Dura más de noventa minutos y se nota: la historia respira, no apura gag.
- Combina animación con actores reales en una mezcla que funciona sin sentirse forzada.
- Tiene estructura de juicio, con argumentos, testigos y hasta algún giro inesperado.
- Recupera el humor físico clásico del Coyote, ese que conocemos de toda la vida.
- Le da al personaje un costado más humano, casi melancólico, sin traicionar su esencia.
Un precedente con patas cortas y piernas largas
La idea de mezclar gente de carne y hueso con personajes de Looney Tunes no es nueva. Space Jam lo hizo con Michael Jordan en plan estrella de basketball, y Looney Tunes: De nuevo en acción repitió la fórmula con Brendan Fraser en el medio. Pero lo que distingue a esta nueva entrega es que el Coyote ya no es un invitado de la trama humana: es coprotagonista. Y eso cambia todo.
El formato de corto siempre le quedó bien al Coyote, lo sabemos. Un minuto y medio, el plan perfecto, la caída estrepitosa, el aplastamiento del piano, el clásico nubarrón con patitas. Pero estirar eso a más de noventa minutos sin que se vuelva repetitivo es un mérito que hay que reconocerle al guion, y sobre todo a la dirección, que se banca los tiempos largos cuando la historia los pide y aprieta el acelerador cuando el gag lo requiere.
A mí me pasó algo curioso mientras la miraba: me descubrí conteniendo la respiración antes de cada trampa, como si después de tantos cortos ya supiera que va a salir mal, y sin embargo seguía ahí, enganchada, esperando que esta vez fuera distinto. Y esa, sospecho, es la mejor definición que puedo dar de Coyote vs. Acme: es una película sobre seguir intentando aunque sepamos, en el fondo, que la próxima vez también vamos a caer.
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