Helmut Ditsch, el pintor de los glaciares que cambió el pincel por la cámara para filmar su propia pérdida
El artista argentino más caro de la historia llega al Festival de Cine de Mar del Plata con su ópera prima: ocho años de rodaje, cinco países y la venta de sus cuadros para hacerla. La película es una carta a su madre y a su esposa, las dos mujeres que el cáncer de mama se llevó demasiado pronto.

A veces uno entra a una sala y el aire todavía huele a baldosa nueva, a café recalentado, a ese olor a expectativa que tienen los estrenos antes de que apaguen las luces. Esta vez, la expectativa la trae un tipo enorme, de brazos largos y barbijo crecidito, que durante casi cuarenta años pintó glaciares con una obsesión que parecía geológica y que ahora, a los 73, se sienta frente a una cámara por primera vez. No para pintarse a sí mismo, sino para despedir a las dos mujeres que más quiso. Se llama Helmut Ditsch, es argentino, y el 6 y 7 de noviembre va a presentar en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata su primera película: Helmut. El hielo y la eternidad transitoria. La función, créanme, se va a sentir como un sacudón.
Lo conocí de nombre mucho antes que de cerca. Suena raro decirlo así, pero durante años escuché falar de él en sobremesas largas: el que pintaba cordilleras enteras en óleos que después se remataban en Europa por cifras que parecían infladas. Hasta que un día me topé con la noticia de que ese mismo tipo se había pasado ocho años rodando una película en Malta, en Cerdeña, en Viena, en los Alpes, en Tenerife y en el salar de Uyuni. Rodando, eh, no pintando. Y la había financiado él mismo, vendiendo cuadros, hasta gastar seis millones de euros cuando tenía previsto gastar tres.
Dos duelos, una sola película
La historia empieza mucho antes de la primera claqueta. Su madre, Inge, se murió cuando él era chico, a los 33 años, de cáncer de mama. Décadas después, su esposa, Marion, también. Falleció en 2009, más o menos a esa misma edad, y con la misma enfermedad. Cuando la perdió, Ditsch dejó de pintar de golpe. Literalmente. Agarró la mochila y se fue a caminar por los Alpes y por los Andes, unos once mil kilómetros, buscando un sitio donde tirar las cenizas de ella, que era lo que Marion le había pedido. Cuando al fin creyó encontrarlo, se le cruzó una idea que suena a locura pero que tiene su lógica de obsesivo: si voy a dejar a la persona que más quise en un lugar cualquiera, mejor que ese lugar sea una obra de arte. Y en vez de pintar él la obra, decidió filmarla.
“Ese lugar tenía que ser una obra de arte.”Helmut Ditsch
Lo que sigue es la crónica de una búsqueda Filmada con el mismo pulso con el que él pintaba glaciares: lento, obsesivo, paciente. En el medio se cambiaron los planos, se estiraron los presupuestos y hubo que buscar actriz para los dos personajes más importantes de la película, que son justamente las dos mujeres que ya no están. La elegida terminó siendo Jeanne Goursaud, una francesa a la que Ditsch le encuentra el rasgo físico justo para acordarse de su madre y de su esposa cada vez que la mira. El alter ego más joven del protagonista lo interpreta Joaquín Berthold. Y la codirección quedó en manos de Suzy Prauss, una pintora a la que Ditsch sumó porque entendía algo que él, siendo varón, tal vez no podía capturar solo: el adentro de esas dos mujeres.
Cómo se hace una película vendiendo cuadros
- Ocho años de rodaje, en cinco países y dos continentes, con climas que van del calor pegajoso de Malta al frío blanco de los Andes.
- Seis millones de euros de presupuesto, financiados íntegramente con la venta de obras del propio Ditsch, sin sponsor ni subsidio oficial.
- La primera obra de gran formato que pintó después de la muerte de su esposa fue hecha especialmente para el filme y quedó registrada cuadro por cuadro, desde el lienzo en blanco hasta el último trazo.
- Antes de decidirse a actuar, Ditsch tenía apuntado a otro actor para el papel principal. Un colega le dijo que si no lo hacía él iba a salir otra cosa, y se terminó poniendo delante de la cámara.
Hay una frase que Ditsch repite cada vez que le preguntan por qué meterse en esto a esta altura, y que a mí me dejó pensando un buen rato: si no la hago yo, va a salir otra cosa. Tiene algo de bajada a tierra y algo de confesión íntima. Es la idea de que hay ciertas historias que solo puede contar el que las vivió, aunque el que las vivió no sepa contar películas. Por eso delegó la codirección en Prauss, por eso se rodeó de equipo técnico, por eso eligió a una actriz que le devolviera la cara de lo perdido. Porque lo que está filmando no es un retrato épico de glaciares, que es lo que el mundo le conoce. Es una carta íntima, larga y un poco desesperada, a las dos mujeres que el cáncer de mama le arrancó con treinta y pocos años.
Para quienes vamos a sentarnos en la sala del festival el 6 y el 7 de noviembre, la promesa es rara y potente: ver a uno de los pintores argentinos más caros de todos los tiempos, un tipo que vendía cuadros por cifras que no entran en la cabeza, renunciando a una parte enorme de ese patrimonio para rodar durante casi una década una película que no es sobre el hielo, aunque el hielo esté, ni sobre la eternidad, aunque la eternidad aparezca, sino sobre lo transitorio. Sobre lo que se va mientras uno todavía está pintando, o filmando, o viviendo. Yo voy a ir. Les cuento qué pasa.
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