Zach Cregger vuelve a jugarse por el terror y arrastra a Austin Abrams a una Racoon City cubierta de nieve
La nueva película de Resident Evil dura unos 95 minutos y propone algo inusual: contar el origen del desastre con un antihéroe que no es ni soldado ni científico, sino un mensajero cualquiera. La dupla que ya funcionó en Weapons se prueba ahora en el universo de los videojuegos.

Lo primero que uno percibe al otro lado de la pantalla es el sonido: un motor diesel tosiendo en una ruta gris, casi sin horizonte, con la nieve acumulándose sobre el parabrisas como si la propia película quisiera taparte la visión. Después, casi sin aviso, llega el olor a metal caliente y a sangre vieja que impregna cada plano del primer acto. Eso es lo que tiene esta nueva versión de Resident Evil, firmada por Zach Cregger, que vuelve a juntarse con Austin Abrams después de Weapons. Y una, como cronista de toda la vida, lo tiene que decir de entrada: hacía mucho que una adaptación de un videojuego no se sentía como una película de verdad y no como un parque de diversiones con calcos.
Les cuento de qué va la cosa sin marearlos con el árbol genealógico de la franquicia. Bryan es un mensajero cualquiera, de esos que llevan paquetes por monedas y viven al día, que en la previa al accidente ya había decidido dejar el trabajo. Su última entrega, según me confirmaron fuentes cercanas a la producción, lo obliga a meterse hasta el tuétano en un envío clave para el hospital de Raccoon City: adentro va un antídoto para el Virus T, esa peste que durante décadas fue la base narrativa de los juegos. Bryan no es zombie, ni policía, ni bioterrorista. Es uno de nosotros. Y justamente ahí está el hallazgo de Cregger.
Un antihéroe para una tragedia conocida
Lo más interesante, a mi entender, es lo que contó el propio Abrams cuando le preguntaron cómo había encarado la cosa. Abrams, que cargaba con el antecedente de Weapons, dijo que su idea fue sostener durante toda la película la idea de que Bryan es alguien sin entrenamiento, sin reflectores, sin saber qué carajo hacer cuando aparecen las criaturas. Y la película se encarga de recordárnoslo a cada rato: los planos de piernas que no paran de correr, el aliento cortado, las manos temblando al volante.
El que se anime a sentarse a verla tiene que saber que las condiciones del rodaje en Praga incluyeron frío real, no de utilería: cuentan que llovía y la lluvia se congelaba sobre la ropa de los actores. Y que la transformación física del personaje hacia el tercer acto obligó a Abrams a encontrar un registro incómodo, salir de su zona de confort y entregarse a rugidos y muecas que, según sus propias palabras, eran pura incomodidad actoral. Cregger le pedía que se comprometiera con la bestia que llevaba adentro y que dejara de pensarlo.
Lo que viene a partir de acá es spoiler — aviso y sigo
“La dirección le pidió a Abrams que intensificara los rugidos y se entregara sin reservas a lo que el monstruo imaginaba durante el rodaje, aunque eso lo dejara expuesto como actor.”Austin Abrams, actor
- Bryan atropella por accidente a una mujer en el camino. Minutos después, esa mujer empieza a mutar.
- Al llegar a Raccoon City, el mensajero es perseguido por un policía que también terminó infectado.
- Consigue refugio en una granja abandonada, donde el virus empieza a ganar su propio cuerpo.
- El paquete que transporta guarda un antídoto, pero ya es tarde: Bryan recibió una mordedura.
- La infección lo transforma en una criatura enorme, casi un mini-jefe de los juegos.
- Finalmente muere, frustrado su intento de volver con su novia embarazada.
Ahora, lo que a mí me sigue dando vueltas desde que leí el material es la decisión de matar al protagonista. Abrams reconoció que le sorprendió, porque uno como espectador se encariña con Bryan y quiere que llegue a casa con ese paquete salvador. Pero leyéndolo en frío, tiene todo el sentido: si el virus sigue propagándose pese a la existencia de una cura que nunca llega a tiempo, estamos frente a una historia de orígenes, no frente a una historia de éxito. Es exactamente lo que la saga viene contando desde su primera entrega, solo que esta vez despojado de fanservice y de guiños para los jugadores.
Les dejo la pregunta que sobrevuela cualquier adaptación de esta franquicia: qué esperamos realmente cuando vamos al cine a ver Resident Evil. Yo, personalmente, quiero personajes con los que me pueda identificar en medio del desastre. Quiero un Bryan que pueda ser cualquiera de nosotros, con la diferencia de que a él lo eligieron para entregar el último paquete del día. Y por lo que se vio en esta producción de aproximadamente 95 minutos, esa apuesta está planteada con decisión, sin garantías de gloria, y con la convicción de que el terror también puede ser, en el fondo, una historia de amor trunca.
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